Monday, October 30, 2006

LA ECONOMIA SEGÚN CORREA


Por Walter Spurrier (Tomado de Diario El Universo, 30/10/06)

En el fragor de la campaña, en que los candidatos hacen declaraciones sueltas y ofertas concretas, se pierde el sustento de su propuesta. El electorado, con razón, se confunde y los rivales con toda intención, confunden más.Rafael Correa, al formular sus propuestas en un contexto de apoyo a Chávez e insultos a Bush, facilita que los opositores lo tilden de comunista, y que parte del electorado lo crea.Como me tocó en 1978 cuando Roldós-Hurtado, quiero dejar sentado que no hay comunismo en Correa. Es de izquierda alternativa. Y la izquierda no es comunismo, como ya expuse en un artículo de hace un mes.Esta izquierda alternativa es una manera de ver la economía que ha estado ganando popularidad en América Latina en los últimos años, y de ahí que Correa se haya identificado como el representante de esa tendencia en el Ecuador.En el 2003, con Kirchner en el poder en Buenos Aires, y Lula en Brasilia, los dos presidentes se reunieron en Buenos Aires y firmaron un comunicado rechazando el conjunto de medidas que recomendaban los organismos multilaterales inspiradas en el éxito económico asiático, y que se ha dado a conocer como Consenso de Washington.En su lugar se pronunciaron a favor de políticas económicas que favorecieran a la reducción de la desigualdad social en América Latina. Por contraste, se dio por denominar a esa declaración "Consenso de Buenos Aires".Mientras que el Consenso de Washington puede considerase un conjunto de normas utilitarias para el desarrollo, el de Buenos Aires es más bien un conjunto de normas de obligación moral para el desarrollo.El de Washington pone en la balanza el desarrollo y la justicia social y tiende a favorecer el desarrollo.El de Buenos Aires, en cambio tiende a favorecer la justicia social.Ninguno de los dos consensos significa una "receta" que todo país debe seguir a pie juntillas.En Foreign Affairs, Diana Tussie y Pablo Heidrich explican que "el Consenso de Buenos Aires está inspirado en el ideario antifondo monetarista de Joseph Stiglitz, tomando como metas la generación de empleos, el crecimiento económico y la reducción de las desigualdades en la distribución de los ingresos, y también en las lecciones (negativas) que dejaron las sucesivas crisis financieras en América Latina".El meollo es poner al mercado en el asiento de atrás, y al Presidente de la República al volante.Que las decisiones básicas en la economía se den fundamentalmente por la oferta y la demanda, es "capitalismo salvaje", como lo tildó uno de los representantes del equipo económico de Correa que el candidato tuvo la consideración de delegar a nuestro seminario auspiciado por EL UNIVERSO, para contribuir a nuestro entendimiento.En pastilla: la mayor proactividad del Estado significa, por una parte, dar todo el apoyo a industriales y agricultores nacionales para favorecer la creación de empleo; esto incluye proteccionismo comercial, y de ahí su oposición al TLC; y por otra, redistribuir esos ingresos de las empresas a favor de los trabajadores, vía el alza de salarios. Y el que no piense así, es un mero contador.

Monday, October 16, 2006

TSE, ¿Garantía de la democracia?

Hoy al escuchar las noticias me enteré con indignación de las buenas nuevas que nos cuenta el Tribunal Supremo Electoral sobre el proceso electoral de este domingo: graves irregularidades, un conteo de votos que no se sabe cuándo terminará, una empresa contratada con total arbitrariedad que no supo responder con la seriedad que ameritaba el caso, urnas y material electoral encontradas en viviendas aledañas al Tribunal y en La Carolina y la lista puede ser más larga aún.

Sea quién haya sido el candidato vencedor los resultados obtenidos hasta ahora dan mucho que desear y sobre todo han medrado la poca confianza que los ciudadanos pudieron haber tenido en el proceso.

¿Quién me garantiza a mí como ciudadano que mi voluntad se hizo respetar? ¿Quién me garantiza que mafias políticas y chequeras abultadas no manejaron el proceso electoral a su manera? . Acaso los ecuatorianos tenemos simplemente que aceptar la imposición de un proceso lleno de tantas falencias e irregularidades que no solamente vienen de adentro sino de afuera, ¿Porqué un jefe de observadores de la OEA, llamado a ser garante de un buen proceso, puede emitir declaraciones a favor o en contra de un candidato?¿Acaso los vocales del tribunal y los que los manejan, pueden hacer lo que les da la gana y quedar impunes?

Sea quien sea el candidato ganador, solo pido una cosa TRANSPARENCIA, sino nos la pudieron dar en este proceso se deberían llamar nuevamente a elecciones de primera vuelta y anular las de este domingo.

Es hora de que nos hagamos respetar como ciudadanos o sino las mafias políticas y las chequeras abultadas de "seudo" feudales nos cargarán en peso y nos botarán como siempre al tacho de la basura de la historia, para ellos ensalzarse y llenarse de gloria.

Thursday, October 12, 2006

Mi punto de vista.

Es necesario tener claro que más de cualquier fundamentalismo utópico está la realidad y nada más que la realidad, primero somos seres humanos, cada uno es un espectro diferente, una realidad diferente con diferentes motivaciones y con errores por lo tanto pretender que seamos homogéneos es una estupidez y una falta de inteligencia. Basado en esa premisa me atrevo a decir que aquellos que piensen que si los dejamos en total libertad de acción sin policymakers que controlen los distintos fallos a los que se ven expuestos son muy insensatos. La perfección no existe así como no existe superman ni los mercados perfectamente competitivos, por lo tanto todo mercado es imperfecto por la naturaleza humana y debe ser regulado para evitar que los fallos causen perjuicios sociales.

Pensar que el estado debe controlar y regular a los agentes no tiene nada de malo. Exponerlos al libertinaje sí.

Wednesday, October 11, 2006

Stiglitz y la intervención del estado en la economía.


Por Fernando Tenjo del Banco Central de Colombia

Muy brevemente, la información incompleta, desigualmente distribuida entre los
agentes y costosa de adquirir, conduce a un comportamiento distinto al que
tradicionalmente se conoce como el mecanismo de la oferta y la demanda. Los
individuos se ven limitados en su racionalidad económica, deben destinar
recursos a diferenciar, distinguir, clasificar a sus contrapartes en el intercambio
de bienes y servicios, se ven a su vez incentivados a asumir un
comportamiento estratégico fundamentado en el manejo ingenioso y ventajoso
de la información privilegiada. El interés propio, motor de la actividad
productiva y las decisiones económicas, es complementado por el oportunismo.
Resultado: la calidad de los bienes y servicios depende del precio y del marco
contractual que rodea las transacciones, la oferta y la demanda se hacen
indiferenciables, los mercados generan desequilibrios, hay inercia en los
precios y salarios, los consumidores y trabajadores son racionados en su
acceso a los productos, al crédito y a los empleos, los inversionistas no
encuentran mecanismos para protegerse de las contingencias que enfrentan
sus decisiones. Al nivel agregado, esto se traduce en ciclos económicos,
desempleo y producción deficitaria de bienes públicos
La economía de mercado se encuentra así seriamente limitada en su
desempeño por la trinidad conformada por las imperfecciones en la
información, en los mercados de capital y en la competencia. Las
implicaciones de esta trinidad sobre dicho desempeño se resume en los
llamados “fracasos de mercado” y justifican la intervención estatal para
“corregir” la asignación de recursos y los niveles y patrones de actividad
productiva que ellos generan. Stiglitz lo expresó en términos muy precisos
desde hace ya veinticinco años: una economía de mercado con estas
características viola los principios de la Economía del Bienestar al no dar
espacio para mejorar a algunas personas sin desmejorar a otras. Se requiere
entonces de la intervención selectiva del estado si se desea un incremento en
el bienestar de la población ante la imposibilidad de conseguir este resultado a
través del libre juego de la oferta y la demanda.
Stiglitz delimita muy claramente el alcance y los mecanismos de la intervención
del Estado en la economía. Así por ejemplo, y frente al problema del
desempleo, el autor sostiene que la mejor forma de enfrentar este problema en
el corto plazo no es acudir a una política monetaria expansiva (poco efectiva
cuando los mecanismos de transmisión no funcionan) ni a una reducción de
salarios (que no necesariamente eleva la demanda por trabajo y que, en el
pero de los casos, puede disminuirla), sino a un incremento en el gasto
público.
Esta medicina tiene, sin embargo, sus contraindicaciones: en particular, existen
inconvenientes para sostener el déficit fiscal en el largo plazo, derivados del
financiamiento del mismo, a saber, alzas en las tasas de interés (crédito
interno), creciente inflación (emisión monetaria) y una situación cambiaria
insostenible (crédito externo).
Aún así, y tal vez esto reivindica a Stiglitz con ortodoxos y heterodoxos, es
posible pensar que existe un nivel “óptimo” de déficit fiscal, el cual depende de
las circunstancias particulares de la economía, incluyendo el momento del ciclo
por el que ella atraviesa (política anticíclica), las perspectivas futuras de
crecimiento (sostenibilidad de la deuda pública), el destino del gasto público
(rentabilidad económica y social de la inversión), profundidad de los mercados
financieros (posibilidad de “desplazamiento” del sector privado fuera de las
fuentes de financiamiento), las tasas de ahorro y de inversión de la economía
(naturaleza estructural o coyuntural del desequilibrio), etc. Elaborando a partir
de estas ideas cabe pensar que el nivel óptimo de déficit fiscal puede ser
negativo en ocasiones (superávit) o menor al deseable o requerido para
disminuir el desempleo en el corto plazo, lo que haría inaplicable la propuesta
de Stiglitz más allá de una coyuntura determinada.
Tal vez es el momento indicado para poner también en contexto la posición de
Stiglitz frente al recetario del Fondo Monetario Internacional para los países
emergentes en crisis. Stiglitz destaca que las economías de la región en buena
medida han inspirado esta ortodoxia que hoy guía buena parte de la política
económica. En efecto, en su crítica a los principios del llamado Consenso de
Washington, sostiene que éstos de hecho “catalizan” la experiencia de los
países latinoamericanos en los años ochenta, caracterizada por políticas
equivocadas, altos déficit fiscales, inversiones improductivas, elevados
subsidios y un sector estatal ineficiente, con muy poco énfasis en las
exportaciones y restricciones a las importaciones. Más aún, el autor sugiere
que el recetario de políticas propuesto o impuesto por el Fondo Monetario
Internacional es resultado de la experiencia latinoamericana de la década
inmediatamente anterior, con altos déficit fiscales y políticas monetarias laxas
que condujeron a altas tasas de inflación.
El problema con este recetario de austeridad, subraya Stiglitz, no es tanto que
sea inadecuado en sí mismo, sino que en ocasiones, como en el caso de los
países asiáticos en la segunda mitad de los noventa, fue aplicado en contextos
completamente diferentes (superávits fiscales y altas tasas de ahorro
doméstico) a los que predominaron en los países latinoamericanos en los
ochenta (y, cabría añadir, también de la segunda mitad de los noventa).
De otro lado, el autor es también incisivo en su crítica a la tendencia de quienes
defienden y llevan a la práctica los recetarios de ajuste de los organismos
financieros internacionales de convertir los ingredientes de programas de
medios (las políticas) en fines. Esto se aplica a políticas bien conocidas como
la reducción de la inflación, la privatización, la liberalización financiera y la
apertura comercial. Frente a esta última, la idea es bien clara: un país no puede
gozar de sus beneficios si no cuenta con una economía competitiva.
Pero debe tenerse en cuenta que la posición de Stiglitz respecto a los criterios
y dirección de la intervención estatal en la economía es mucho más rica que
sus críticas a la filosofía de los organismos multilaterales y, de paso, de mucha
mayor utilidad para los debates criollos sobre modelos de desarrollo, reformas
estructurales y política económica en general.
Esta posición parte de unos principios simples derivados de la evaluación de
los modelos económicos de competencia y de su contraste con el
comportamiento concreto de las economías de mercado. A la madurez de
estos elementos ha contribuido significativamente el trabajo del premio Nobel
en las economías emergentes, en desarrollo y en transición hacia el
capitalismo, que le ha permitido consolidar como punto de partida dos nociones
centrales: por un lado, que tanto la intervención del Estado en la economía
como su papel en el desarrollo de los países, tienen que girar alrededor de los
mercados, sus características y sus problemas; por otro lado, que existen
profundas diferencias entre los países desarrollados y los países en desarrollo
respecto a la naturaleza de los mercadas de cada uno de ellos.
Este enfoque comparativo ha acercado paulatinamente a Stiglitz al terreno de
la economía institucional: las diferencias entre países tienen que ver
esencialmente con su organización económica, con la forma como los
individuos interactúan en la producción y con las instituciones que median esas
relaciones. Los mercados hacen parte importante de estas instituciones. Los
países en desarrollo no sólo enfrentan imperfecciones en los mercados y
carecen de algunos mercados esenciales (por ejemplo para diversificar
riesgos), sino que, además, el marco institucional que tienen para enfrentar
estos problemas es poco efectivo.
De este marco institucional poco efectivo hacen parte las organizaciones
gubernamentales que, por decir lo menos, tampoco cuentan siempre con la
información necesaria y adecuada para intervenir en la economía y “mejorar”
los resultados que producen los mercados imperfectos. Es fácil entender
entonces que el dilema entre Estado y mercado sea para el autor un falso
dilema y que nos recuerde a menudo la dificultad, casi imposibilidad, que
existen para concebir una economía y un mundo sin imperfecciones.
De aquí se derivan entonces los principios de intervención estatal que propone
el nuevo Nobel de economía. De lo que se trata es de: impulsar el desarrollo de
los mercados (en especial los financieros y de capitales), promover la
competencia, intervenir preferiblemente mediante mecanismos de mercado y,
finalmente, concentrar la acción estatal en unos pocos y fundamentales frentes
de la sociedad para no perder eficiencia en la acción. Estos frentes son, por
excelencia, aquellos en que los resultados que producen los mercados no son
los socialmente deseables. Particular mención se hace en este sentido a la
producción y distribución de los bienes públicos.

Sunday, October 08, 2006

Democracia: ¿Antítesis del capitalismo?

Los incrementos de la población pobre en el mundo, el deterioro creciente del medio ambiente, los conflictos étnicos y religiosos, los aumentos de la criminalidad, la exclusión política, económica y social y, en general, el deterioro de la calidad de vida, han sido el caldo de cultivo para la eclosión de movimientos sociales que, bajo el amparo de la participación democrática, han colocado entre el deseo y la realidad la viabilidad de la homogeneización económica propuesta desde el capitalismo donde el desarrollo se presenta como una consecuencia lógica de la implementación absoluta del llamado “libre mercado”.

El sociólogo chileno Luis Razeto formula al respecto la siguiente idea:

La crisis del desarrollo de que hablamos la podemos expresar en estos términos concisos: mientras la economía mundial continua su proceso de expansión y crecimiento global, una visión de conjunto del mundo permite ver que estamos avanzando hacia un colapso de la misma civilización que se está expandiendo y creciendo. Crisis del desarrollo no significa, pues, que lo que hemos entendido como desarrollo esté dejando de verificarse, sino al contrario, que mientras mas avanzamos por el camino de ese desarrollo, más se agudizan los problemas y contradicciones de la sociedad y más nos acercamos al punto en que continuar por dicha senda de desarrollo resultará imposible. (RAZETO, 2000. Pag 11).


¿La democracia necesita del capitalismo? o ¿ el capitalismo necesita de la democracia?. Sin pretender dar una respuesta absoluta, se podría puntualizar un marco conceptual de referencia que daría pertinencia a tal interrogante.

La democracia se podría asumir bajo la acepción particular de la “democracia económica”, entendida esta como la búsqueda de la “[...] igualdad económica, por la eliminación de los extremos de pobreza y riqueza y, en consecuencia, por una redistribución que persigue el bienestar generalizado” (SARTORI, 1993. Pag. 6).

En este orden de ideas sería consecuente pensar que la democracia, bajo estos términos, no le es funcional a la racionalidad propuesta por la economía de mercado capitalista, dado que en esta los individuos definen la asignación de acuerdo a los recursos que poseen individualmente, los que en su distribución son altamente desequilibrados y desiguales. Mientras que una aspiración distributiva de carácter democrática tiende a transferir y socializar el patrimonio privado en aras de la equidad social, genera mecanismos de subsidio y asistencia a sectores económicos y sociales que están en dificultades, y gasta más en inversiones sociales que en inversiones productivas.

Puntualizando más esta contradicción, las formulaciones de Adam Przeworki en su texto Democracia y mercado (1991), nos presenta el modelo capitalista de mercado en el que los individuos establecen pautas de intercambio de acuerdo a sus deseos, y que bajo condiciones de equilibrio, nadie obrará de manera distinta a los demás, los mercados agotaran sus existencias y los precios serán indicativos de las mejores oportunidades y del logro del bienestar de la sociedad. Pero igualmente se ha reconocido que los mercados funcionan en desequilibrio[4] lo que lleva a afirmar que “el capitalismo es irracional porque no puede alcanzar algunas distribuciones técnicamente factibles del bienestar. Aunque dispongamos de los medios tecnológicos y organizativos adecuados para dar de comer a todos los habitantes de la tierra y aunque deseemos alimentarlos a todos, esto puede seguir resultando imposible bajo el capitalismo” (PZREWORKI, 1991. Pag. 188)

Przeworki presenta la democracia como la principal contradicción, que exacerba estas divergencias en el mercado capitalista, donde los individuos excluidos de la producción y el consumo pretenderán influir en la distribución y asignación de los recursos.

Si la anterior incompatibilidad se acepta como válida, entonces se asumiría una absoluta contradicción entre capitalismo y democracia, desde la óptica más radical; o en un espíritu conciliador, quedaría formulado que el capitalismo requiere de una transformación que garantice la salvaguardia y permanencia de la democracia; asunto que estará determinado por la redefinición institucional y económica del Estado. En términos simples, parafrasiando a Bobbio, es pertinente decir que, si en la década de 1930 fue el capitalismo el que colocó en crisis a la democracia, en la década de 1990 es la democracia la que colocó y seguirá colocando en crisis al capitalismo.


Tomado de:
http://www.forumdesalternatives.org/Doc_FMA/Doc_biblio_alternativas/008_biblioAltern_Democraciaymercado.rtf

Libertad de expresarse

Nuestro amigo Don Chirri nos ayuda con una apreciación sobre uno de nuestros blogs posteados hace algunos días creo que es algo que deberían leer:

http://unblogquedanielnoentenderia.blogspot.com/2006/10/agenda-poltica-en-wikipedia-o-por-qu.html

Toda opinión es valedera y por lo tanto siempre será bienvenida.


El pueblo sí percibe el engaño y la mentira


Por Jaime Muñoz Mantilla*

Los 17 días de campaña electoral que restan se perfilan claramente de la siguiente manera: 1. La popularidad de Rafael Correa crece incontenible. La razón hay que encontrarla en la claridad de sus propuestas transformadoras. A lo que el establishment, por cierto, las calificade demagogia.
2. La respuesta de los otros candidatos, prácticamente todos, se dirige a atacarlo. LFC se incorpora con insultos de la peor ralea. Lo hace el "enviado de Dios" (quien, de pasada, ofrece suprimir el impuesto a la renta y mantener el IVA. Traducción: tributos para el pueblo, exención a los poderosos). Roldós -¿influido por Elgarresta?- se presenta, en un maniqueísmo medio cómico, como la encarnación del bien, a Correa como la del mal. La campaña se vislumbra agresiva. A ella se suman, con ciertas excepciones, columnistas de variada jerarquía, cuyo mensaje -denominador común se enfila a asustar al elector, previendo un supuesto caos por las acciones de la Asamblea Constituyente, por la supuestas fuga de capitales extranjeros, por la supuesta ausencia de inversión. Creemos que el establecimiento tiembla, lo hace cuando clamapor "el orden, la tranquilidad, la lentitud de los procesos de cambio".Es de esperarse, por supuesto, que las triquiñuelas del marketing electoral no peguen en el pueblo sensato (el 99% de la población). Resta lo más importante: una vigilancia minuciosa, exigente y sin concesiones para evitar el fraude que sin duda andan montando quienes ven alejarse la posibilidad de que sus privilegios continúen. Si hay honestidad de parte de los candidatos, todos deben instruir a sus delegados en las mesas electorales para que actúen de veedores con la más absoluta estrictez de procedimientos, impidiendo que se favorezca, con cualquier recurso, a candidato alguno. O que se lo perjudique. No creemos en aquel esteriotipo de que "el pueblo nunca se equivoca". Creemos, eso sí, que tiene la materia prima, la lucidez para percibir el engaño y la mentira.

Thursday, October 05, 2006

NO SABEMOS ELEGIR?

Andando por la red, pude encontrar este artículo que me pareció muy bueno, espero les agrade, lo tome de El Comercio, ojalá no se molesten jeje.


¿No sabemos elegir?
Por Carlos Vera Rodríguez
¿O no saben gobernar? El ocaso de los patriarcas, pero más que eso, su fracaso como Presidentes y especialmente su mezquindad como seres humanos (desconocen sus errores; olvidan sus traiciones; minimizan sus desvíos y justifican sus aberraciones), pretende ahora actualizar ese debate -o hasta convertirlo en dilema- de que no sabemos elegir. Poco democrática conclusión en demócratas sometidos al supremo fallo de los mandantes como mandatarios de un mandato. Pero, sobre todo, nada útil y absolutamente interesada evaluación de protagonistas históricos, quienes hoy podrían aportar mucho con su experiencia, pero malgastan sus lecciones encubriéndolas de pretextos. Cada vez que los ciudadanos escogieron una opción presidencial, supieron elegir la que mejor representaba sus anhelos del momento, conjugaba sus sueños del futuro, las decepciones del pasado y las percepciones de un presente plagado de frustraciones e ilusiones a la vez. Si Borja ganaba en 1979, no lo hubiera sorprendido su mandato tan curtido en 1988. Si Jaime Roldós perdía en 1979, hubiéramos vuelto dos décadas atrás, al predominio de Camilo Ponce a través de Sixto Durán-Ballén o al de los liberales concertados con Velasco Ibarra, entre los cuales se quedó Raúl Clemente Huerta. En 1984 Febres-Cordero encarnó el liderazgo autoritario reclamado tras el abandono de Oswaldo Hurtado a las tesis del cambio y en 1992, Sixto arrasó con la imagen de antipolítico visualizada por la mayoría, capaz incluso de rebelarse ante los capataces de su partido, para imponer trabajo, justicia y paz con su experiencia. Bucaram cabalgó sobre el corcel desbocado de un país ávido de castigar a los políticos tradicionales y almidonados. Mahuad fue después, el retorno de los ilustrados eficaces, tras lo cual Gutiérrez lideró la última ruptura con la corrupción partidocrática, responsable por 23 años de malgastada democracia. Todos a su turno, claudicaron. Otros simplemente fallaron. Y a varios sucesores vicepresidenciales no les dio la talla o concertaron, como Gustavo Noboa con Febres-Cordero, creyendo hacer bien al país con los maestros de su extravío. Interinos como el actual o el anterior no pudieron llegar a la mitad de Clemente Yerovi Indaburu en el doble de tiempo.¿Qué culpa de eso tienen los electores? Olvidarlos muy pronto; perdonarlos muy fácil; no escupirles en la cara; jamás enjuiciarlos formalmente; admitirles pontificar; mirarlos con pena, pero no haberlos elegido. Al ser votados, esos candidatos sintonizaron el Ecuador de esos tiempos, las aspiraciones de toda la vida y las emociones más sentidas. Después se botaron ellos al tacho de la historia o fueron botados por ineptos, corruptos y asustados. El Ecuador, su mayoría pobre y sabia, siempre ha sabido elegir. Ninguno le ha sabido cumplir. Por eso ahora apuesta a dos opciones radicales: el amigo de Chávez o el enviado de Dios. Un suicidio democrático para una reencarnación verdadera. Y de esto son culpables también los actores políticos, aunque coresponsables somos todos.

Wednesday, October 04, 2006

Mis extremos.

Estoy en un lío y mi cerebro como siempre extremista no sabe aún a quién dirigirle su voto, algo cierto a pesar de que a principios de año pensaba en votar por él y luego cambié mis preferencias por ella, incluse ayudé a fabricar algunos de los carteles con la foto de Cinthya, al final no voy a votar por ninguno de ellos. Mis preferencias revolucionarias y ansias de cambio a toda costa así como dicen con hacha y machete quieren que vote por Correa, pero mi espíritú empresarial y liberal me pide votar por Álvaro.

¿Que haré?

Monday, October 02, 2006

Para darle mi voto
Por Federico María Sanfelíu
Cuando pienso a quién debo dar mi voto, no pasan de cuatro los candidatos que captan mi atención. Para los nueve restantes, mis respetos por el coraje de haberse presentado, armado el equipo de colaboradores, pensado en cómo gobernar el país. También mis consideraciones a sus seguidores por soñar que es posible un Gobierno diferente, que busque el bien de la mayoría y nos saque de la frustración actual. Gracias por haber afianzado al Ecuador en la posibilidad de un cambio, pues se dice que no tenemos porvenir. Mi estima por su lección de optimismo y por revivir la fe en el sí es posible un Ecuador bien gobernado, porque es una nación con mayorías trabajadoras, sufridas y dignas, que exigen tener líderes que administren el país en justicia y derecho. En tiempos en que casi todo se valora por lo económico, mi consideración por la inversión financiera que han hecho para su campaña. Espero de su probidad que den cuenta de la procedencia y uso del dinero, según mandan las leyes.Volviendo a mis cuatro posibles candidatos. ¿Qué me pregunto para entrar en cada uno de ellos y ver a quién dar razonablemente mi voto? Competencia, Equipo, Definición, Etica. Me explico. Competencia: ¿El candidato es políticamente capaz y tiene ideas claras de lo que debe hacer para enrumbar el país? ¿Cómo se ha preparado para tener un buen diagnóstico de la situación nacional? ¿Conoce desde dentro los laberintos de la vida política o es un improvisado?Equipo: ¿Le acompaña un grupo de personas preparadas que conocen la economía, la coyuntura mundial y regional, las tendencias hegemónicas, el manejo de la compleja administración nacional? ¿Su equipo sabe de las corrupciones de nuestro sistema? El éxito en el gobernar está en decidir lo correcto sobre muchas posibilidades. Definición: quiero saber su programa. Y su compromiso por la educación, un requisito que no puede eludir. ¿Qué hará por reactivar la economía, el trabajo y empleo, la salud y la vivienda? ¿Promete reformar el IESS y las empresas petroleras? ¿Qué promete para combatir la corrupción y desburocratizar el Estado? ¿Dónde y con quiénes nos coloca internacionalmente? ¿Populista de esos que improvisan y continuamente han de rectificar? ¿Se ubica en el centro reformista, sin espantar a los inversores que necesitamos para mover la economía? Termino con el examen decisivo: ¿cuál es su historia personal y pública? ¿Es fiable? ¿Reconocido por su proceder ético, por su honradez? ¿Cómo ha gestionado los bienes públicos y privados? ¿Cuál es la procedencia de sus bienes? Si aprobase los tres primeros capítulos, pero reprueba el ético, no le daré mi voto.

Tomado de Diario Hoy. 2/10/06